Psicólogo Álvaro Tomás
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Una buena actitud ante la terapia promueve mejores resultados de pronóstico


No es fácil, en muchos casos, enfrentarse a la ardua tarea de pedir ayuda. Hay a quien el expresar sus malestares, sus penas, sus inquietudes le resulta tan sencillo como descolgar el teléfono, marcar y dejar que fluya la conversación. Para otros, en cambio, el sacar a relucir las dificultades vitales que le puedan estar aconteciendo les insta a pensar en la tortuosa exposición de sus debilidades. Ambos casos pretenden algo en común: “el ser escuchados, sin ser juzgados”. En este caso, un psicólogo es el ente adecuado.


Un psicólogo es aquella persona que, ante los dilemas y quejas por las que pueda estar pasando una persona, la ayuda, la acompaña en un proceso en el que se procura encuentre los recursos necesarios para poder lidiar con su problema, afrontarlo de la forma más sana posible, saber en qué medida le afecta, saber cuáles son los sentimientos que se despiertan en él como ente pensante y sensitivo y, cómo no, ser consciente de cual está siendo su comportamiento ante el problema.


El término “actitud terapéutica” lo definiremos como la disposición que presenta el paciente de colaborar en su proceso de recuperación. Parece obvio el pensar que si una persona acude a consulta, su pretensión reside en encontrar los recursos necesarios para afrontar su problemática. Esto no siempre es así. Muchos pacientes acuden a terapia porque algún familiar o amigo les ha referido que quizás les sea necesario. También hay quien refiere, de forma consciente, querer recuperarse aun no deseándolo inconscientemente, dado que su situación de control de su malestar le proporciona cierta seguridad. Otros, en cambio, buscan ayuda porque ellos mismo lo creen preciso, aun sin creer, por otra parte, en que un ente ajeno a ellos (entendiéndose por esto, el psicólogo) les pueda ayudar. Pero lo más común, lo que en mayor medida solemos ver los psicólogos en consulta, es el paciente tipo que busca ayuda psicológica con la primordial finalidad de que el terapeuta le solucione su problemática.


El psicólogo no soluciona los problemas que se nos puedan presentar, sino que procura que seamos capaces de afrontarlos nosotros mismos, con el fin de que la búsqueda de la solución y la salida de la problemática se nos haga lo más fácil y llevadera posible. El paciente que se ha divorciado de su mujer, los padres que han perdido a su hijo en un accidente de tráfico, el que sufre un cáncer terminal o el que no tiene trabajo y no puede mantener a su familia, no va a encontrar en el psicólogo la respuesta a su problema (volver con su esposa, recuperar a su hijo, seguir viviendo o encontrar trabajo), pero si puede hallar las claves para que la situación no hable por él y pueda hacerle frente con el mayor número de recursos.


La problemática en la que nos hallemos inmersos va a ser de mayor o menor calibre en la medida en que nos afecte, y en la proporción en que nos dejemos abrazar por ella. En este sentido suele haber dos tipos de pacientes. El que refiere: “Para saber lo que es, hay que pasar por ello”; y el que afirma: “No aguanto más esta situación, quiero salir de aquí”. Ambos desean obtener la paz psicológica que tiempo atrás tenían pero la actitud que presentan ante la terapia es diferente. El primero está tan sumamente enfrascado en su problemática que, al no verle él mismo solución a su problema, se resigna en su malestar y rechaza la terapia. El segundo desea enganchar cualquier cabo de auxilio para continuar. El primero presenta una inadecuada actitud terapéutica, en contraposición al segundo, con el que será más sencillo trabajar puesto que tiene disposición en colaborar en su proceso de recuperación.


¿En qué le ayuda al paciente el repetir y repetirse constantemente la frase: “Para saber lo que es, hay que pasar por ello? Esta frase, referida a modo tipo, no colabora más que en el empobrecimiento de la capacidad base de afrontamiento de la persona. Piensa que el psicólogo ha de pasar por lo que él está pasando para saber lo que él está sintiendo y, por ende, poder ayudarle. Es aquí donde reside el error.


Una de las labores del psicólogo es colocarse, durante el proceso terapéutico, en una posición de neutral objetividad frente a los dilemas del paciente. Así, el psicólogo puede vislumbrar con claridad el foco del problema y buscar una posible solución al desequilibrio emocional que presenta el paciente. Si, por el contrario, el terapeuta se pusiese en el papel del paciente o pasase por su situación (cosa poco probable puesto que no hay dos situaciones iguales), su conducta como terapeuta estaría sesgada por una visión subjetiva vinculada a las emociones/sentimientos que esa circunstancia pudiera despertar en él. En esa postura de supuesta equidad situacional, el psicólogo no haría sino trasferir su visión del problema, totalmente sesgada por las emociones. En definitiva, el buen desarrollo del proceso terapéutico no sería posible.


El psicólogo ha de mostrar empatía y comprender, como estudioso del comportamiento humano, la situación de incertidumbre del paciente. Pero no ha de ponerme en la piel ajena llegando a la transferencia emocional.


Como conclusión, cabe decir que una óptima actitud terapéutica contribuye a que el paciente pueda lograr sus objetivos de superación y afrontamiento, y esto solo será posible cuando dé el paso de trasmitir: “Quiero salir de aquí”. La voluntad de recuperación es el primer paso para su consecución.


¿Y tú, tienes voluntad de recuperación?

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